He entrado en un bar, he bebido un vaso de vino, los ojos lastimados por la luz cruel del neón. Philippe estaba acabado. Casado, se había pasado al otro bando. Ya no me quedaba nadie más que André, a quien, justamente, no tenía. Nos creía transparentes el uno para el otro, unidos, soldados como hermanos siameses. Se había desligado de mí, me había mentido: volvía a encontrarme sobre este taburete, sola. A cada segundo, al evocar su rostro, su voz, atizaba un rencor que me devastaba. Como en esas enfermedades en las que uno se forja su propio sufrimiento, cada inspiración desgarra los pulmones y sin embargo uno está obligado a respirar.






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