jueves, 18 de febrero de 2010

Casa, perro, moscas y geranios.

Entonces empezó a venir hablando de un tío que llevaba un alfiler de corbata púrpura y que era "un verdadero caballero".
-¡Oh, es tan gentil!
Todas las noches tenía que oír hablar de él.
-Bueno -pregunté yo-, ¿qué tal estuvo el viejo alfiler púrpura esta noche?
-Oh -dijo ella-, ¿sabes lo que ha pasado?
-No, nena, por eso te pregunto.

-¡Oh, es TAN caballero!
-Está bien. Está bien. ¿Qué ha ocurrido?

-Sabes, ¡ha sufrido tanto!
-Por supuesto.
-Su mujer murió, sabes.

-No, no lo sabía.

-No seas tonto. Te estaba contando que su mujer murió y le costó quince mil dólares en gastos médicos y de enterramiento.

-¿Bueno, y qué?
-Yo iba por el pasillo y él venía por el otro lado.Nos encontramos. Él
me miró y entonces, con este acento turco me dijo, "Ah, es usted realmente bella".
-¿Y sabes lo que hizo?

-No, nena, dímelo. Dímelo rápido.

-Me besó en la frente, ligeramente, muy ligeramente. Y entonces se fue.
-Te puedo decir algo de él, nena. Ha visto demasiadas películas. -¿Como lo has sabido?
-¿A que te refieres?
-Tiene un cine al aire libre. Lo lleva durante la noche después del trabajo.

-Eso lo explica-dije.

-¡Pero es tan caballeroso! -dijo ella.

-Mira, nena, no quiero herirte, pero...
-¿Pero qué?
-Mira, tú vienes de un
pueblo pequeño. Yo he tenido más de 50 trabajos, quizás lleguen a 100. Nunca he estado mucho tiempo en ningún sitio. Lo que estoy tratando de decirte es que hay un cierto juego que se practica en América. La gente se aburre, no sabe qué hacer, así que juegan al juego del romance de oficina. La mayoría de las veces no es otra cosa que una forma de pasar el tiempo. Algunas veces se las arreglan para echar un polvo o dos en un aparte. Pero incluso entonces, no es más que un pasatiempo, como jugar a los bolos o ver la televisión o celebrar una fiesta de año nuevo. Tienes que comprender que no significa nada y de esta forma no acabarán hiriéndote. ¿Entiendes lo que te digo?
-Creo que el señor Partisian es sincero.

-Vas a acabar pinchada con ese alfiler, nena, no olvides que te lo he dicho. Cuidado con esos halagos, son más falsos que una perra gorda.
-Él no es falso. Es un caballero. Es un verdadero caballero. Ojalá fuese
s tú tan caballero como él.

Me di por vencido. Me senté en el sofá, saqué mi lamina de distritos y traté de memorizar el Bulevar Babcock. Tenía los números 14,39,51 y 62. ¿Qué demonios? ¿No iba a poder acordarme de eso?


(...)



Ocurrió alrededor de una semana más tarde hacia las 7 de la mañana. Había conseguido otro día libre después de un trabajo intensivo, estaba pegado al culo de Joyce, durmiendo, durmiendo profundamente, y entonces sonó el timbre y yo me levanté a abrir la puerta.
Era un hombrecito con corbata. Me puso varios papeles en la mano y se fue.
Era una demanda de divorcio. Allí se iban volando mis millones. Pero no estaba furioso, porque de cualquier manera nunca había esperado sus millones.

Desperté a Joyce.
-¿Qué?

-¿No podías haberme despertado a una hora más decente?
Le enseñé los papeles.
-Lo siento, Hank.

-Está bien. Lo único que tenías que haber hecho era decírmelo. Yo habría accedido. Esta noche hemos hecho el amor un par de veces y nos hemos reído y lo hemos pasado bien. NO LO ENTIENDO. Tú sabías todo esto. Maldita sea si consigo entender a una mujer.

-Verás, lo hice después de que tuviéramos una pelea. Pensé qu
e si esperaba a que se enfriase la cosa, jamás lo haría.
-De acuerdo, nena, admiro a las mujeres honestas. ¿Es Alfiler Púrpura?

-Es Alfiler Púrpura -dijo ella.


Me reí. Fue una risa un poco amarga, lo admito, pero me salió.


-Es fácil adivinar el resto. Pero vas a tener problemas con él. Te deseo suerte, nena. Sabes que hay mucho de ti que he amado, y no era sólo tu dinero.

Empezó a llorar sobre la almohada, boca abajo, estremeciéndose toda. Era tan sólo una chica pueblerina, perdida y confundida. Allí la tenía, temblando y llorando desconsoládamente, sin el menor cuento.

Era terrible.


Las sábanas se habían caído y me fijé en su espalda. Sus omoplatos asomaban como si quisieran convertirse en alas, atravesando la piel. Pequeñas cuchillas. Estaba indefensa.
Me metí en la cama, acaricié su espalada, la acaricié, la calmé, entonces se derrumbó otra vez:

-¡Oh, Hank, te quiero, te quiero, estoy tan apenada, tan apenada, tan apenada!

Realmente estaba que se moría.

Después de un rato, empecé a sentir como si fuera yo el que se estaba divorciando de
ella.
Entonces echamos uno bueno de despedida.


Se quedó con
la casa, el perro, las moscas, los geranios.

Hasta me ayudó a empacar, doblando mis pantalones cuidadosamente en la maleta, colocando mis calzoncillos y mi navaja de afeitar. Cuando estuve listo para irme, empezó a llora
r de nuevo. Le dí un pequeño mordisco en la oreja, la derecha, y luego bajé las escaleras con mi equipaje. Subí en el coche y empecé a deambular por las calles buscando un anuncio de "Se Alquila".



Me parecía ya una cosa bastante corriente.