No puedo. En realidad, me hace reír. Y eso lo ofende, por supuesto. Todo lo hiere: mi risa, mi hambre, mi persistencia, mi despreocupación, todo. Un día quiere volarse la tapa de los sesos, porque no puede soportar más este agujero inmundo que es Europa; el día siguiente habla de ir a Arizona, "donde te miran de frente, en los ojos".
"¡Hazlo!", le digo. "Haz una cosa u otra, idiota, pero, ¡no intentes empañar mi visión sana con tu aliento melancólico!"
Pero, ¡no hay remedio! En Europa te acostumbras a no hacer nada. Te pasas el día con el culo pegado a la silla y gimiendo. Te contagias. Te pudres.
Fundamentalmente, Carl es un esnob, un capullo aristocrático que vive en un reino de demencia precoz propio. "¡Detesto París!", gime. "Todos esos estúpidos que se pasan el día jugando a las cartas... ¡ míralos! ¡ Y lo de escribir! ¿De qué sirve poner una palabra tras otra? Puedo ser escritor sin escribir, ¿no? ¿Qué demuestra el hecho de que escriba un libro? Y, en cualquier caso, ¿para qué queremos libros? Ya existen demasiados..."
¡No te jode! Pero, si yo ya he pasado por todo eso: hace muchos años. Ya he superado mi juventud melancólica. Me importa tres cojones el pasado y el futuro. Estoy sano. Irremediablemente sano. Sin penas ni remordimientos. sin pasado ni futuro. Tengo bastante con el presente. Día a día. ¡Hoy! Le bel aujourd'hui!





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